No era escapar, era empezar a vivir. 

Mi médico, antes de venir aquí, me dijo: «¿Te vas otra vez? ¿Qué pasa en Francia que te hace huir tanto tiempo lejos?». Y la verdad es que me lo pregunté muchas veces. ¿Un ex? ¿El pueblo? ¿La situación económica?... Aunque en el fondo ya sabía la respuesta: mi familia. Durante mi adolescencia, todo cambió. Mi familia se dividió: mi mamá se fue, mi hermano se emancipó, mi hermana estudiaba en la ciudad, y yo me quedé con mi papá porque era el único que seguía aquí. Eso me causó mucho estrés. Sentía que no tenía con quién hablar, me encerré en mis pensamientos y, aunque todo a mi alrededor seguía moviéndose, yo me sentía paralizada. El mundo giraba, pero no para mí.

Empecé a soñar con otra vida mirando la de los demás, sin saber que yo también podía ser esa persona con viajes, amigos y nuevas experiencias. Caminaba cada día con ansiedad y muchas preguntas sobre mi futuro, porque en el presente me sentía sola. Perdí la cuenta de las noches en las que lloré deseando una vida distinta. Aguanté años así hasta que llegó la universidad. Decidí aceptar todo lo que había pasado y transformar esa historia en mi fuerza. Entendí que, aunque no controlamos todo, sí podemos elegir cómo vivir cada día. Lo que me pasó me rompió en parte, pero también podía ayudarme a reconstruirme. Después de la tormenta, llega la calma.

Entonces descubrí que podía viajar mientras estudiaba. Pensé: «Aire nuevo, personas nuevas, un lugar donde nadie sabe nada de mí... puedo reinventarme». Me fui. Primer Erasmus: fue difícil. No conseguí superar del todo mi timidez. Segundo Erasmus: en pocas semanas empecé a encontrarme. Tercer Erasmus: aprendí a ser feliz conmigo misma. Cuarto Erasmus: descubrí quién soy, qué quiero y qué ya no quiero en mi vida. Aprendí a cuidarme, a ser una persona más sana, y fue increíble ver cómo atraía energía positiva y personas buenas al convertirme también en alguien mejor.

Hoy estoy otra vez en el país de mi primer Erasmus, España. Lo siento como un círculo que se cierra: llegué aquí por primera vez para huir y empezar otra vida, y vuelvo ahora siendo una persona completamente distinta.

Gracias a todas las personas que me acompañaron en este camino, y también a mi artista favorita, que me ayudó mucho en cada etapa. Tini, gracias a ti aprendí español y nació en mí la curiosidad por descubrir España, Argentina y otros lugares. Desde Violetta, tus canciones me permitieron escapar por un momento de mi realidad.

Hoy miro hacia atrás y me emociona ver todo el camino recorrido. Poder decir que me siento bien, que no dependo de nadie para hacer lo que quiero, que me gusta mi vida... es algo muy valioso. No sé si algún día me sentiré totalmente en paz también en Francia; creo que sigo procesando muchas cosas, pero sé que voy por el buen camino. Mirar el pasado todavía duele a veces, pero ignorarlo tampoco es la solución. Hay que entender lo que uno siente, poner palabras, aceptar para avanzar, quizá incluso perdonar. Para mí, Erasmus no es solo diversión ni hacer amigos: también es encontrarse a uno mismo. Para quienes se sientan identificados, quiero decir algo importante: la familia es sangre, sí, pero también son personas, y a veces las experiencias fuera nos ayudan a entender qué queremos construir en nuestra propia vida. También aprendí algo esencial: no dejar que nadie nos corte las alas que tanto tiempo nos ha costado hacer crecer, porque cada paso que damos para reconstruirnos merece ser protegido.

De verdad creo que vivir una movilidad durante la juventud puede ser transformador. Nuestras emociones son intensas en esta etapa, y explorarlas puede ayudarnos a crecer enormemente.

Os deseo mucha felicidad y éxito en vuestra vida. Aunque no os conozca, os mando todo mi cariño.

Bérénice