No es fácil escribir sobre algo que aún se conoce poco, sobre una experiencia que se vive día a día, con atención y curiosidad. Contar un camino que recién comienza es un desafío: significa hablar de una ciudad que aún se está explorando, de un idioma que se está aprendiendo a entender y hablar, de un trabajo nuevo, pero también de una parte de uno mismo que se está transformando. Y, sin embargo, es justamente en esta fase suspendida, cuando nada está definido, que el relato adquiere valor, porque es en el momento en que las cosas aún no tienen una forma concreta cuando merece la pena detenerse a observarlas.
Empezar a contar ahora significa aceptar la incompletitud del presente. Significa adaptarse, cuestionar las propias rutinas, mirar dentro de uno mismo incluso cuando sería más fácil quedarse en la superficie. Lejos de los referentes de siempre, cada pregunta pesa un poco más, pero al mismo tiempo, las respuestas se vuelven más sinceras. Así es como se empieza a conocerse mejor, mientras se aprende a conocer el mundo que nos rodea.
Cuando amigos o conocidos me preguntan cómo y por qué estoy en otro país haciendo voluntariado, por un momento titubeo. Una parte de mí, por costumbre, piensa que es solo una pregunta de cortesía. Pero luego respiro profundo y busco las palabras correctas. Cuento cómo llegué a Valencia gracias al Cuerpo Europeo de Solidaridad, cómo decidí postularme sin saber exactamente qué esperar de los meses que tenía por delante, cómo elegí ponerme a prueba en un contexto nuevo, con un idioma que no dominaba y en un entorno profesional por descubrir. Y mientras cuento, me doy cuenta de que no se trata sólo de explicar lo que estoy haciendo.
A menudo pensamos que oportunidades como esta solo ocurren una vez en la vida. En realidad, muchas de las ocasiones que podrían cambiarnos están ahí, accesibles, pero invisibles hasta que empezamos a buscarlas. Subestimamos el privilegio de vivir en una Europa que ofrece programas de movilidad, proyectos de voluntariado, oportunidades de formación. Nos convencemos de que no somos lo suficientemente preparados, suficientemente seguros, suficientemente brillantes. Y terminamos frenándonos incluso antes de encender el motor.
La verdad es que, a veces, lo que hace falta es solo el valor de dar un paso adelante. No la ausencia de miedo, sino la decisión de no dejar que este nos encierre en un recinto, en una alta torre desde donde solemos mirar las cosas desde arriba sin darnos cuenta de lo cerca que están realmente.
Esta experiencia, en sus primeros meses, me está enseñando sobre todo gratitud. La siento cada mañana mientras camino hacia la oficina atravesando el centro de Valencia. Levanto la mirada y frente a mí está la catedral, imponente y silenciosa; recorro los bulevares arbolados de Blasco Ibáñez; observo a la gente correr o relajarse en el parque del Turia. En esos momentos comprendo que no se trata solo de estar en otra ciudad, sino de tener la oportunidad de vivirla desde dentro, de construir aquí una rutina diaria.
Y es precisamente en la rutina donde encuentro el sentido de todo esto. Para nosotros los italianos, La dolce vita no es solo una expresión icónica, una frase en una camiseta o la leyenda de un post tras unas vacaciones. Es una manera de estar en el mundo, una filosofía. Es saber darle valor a los detalles, celebrar los placeres simples de la vida: un paseo bajo el sol, la luz reflejándose en las piedras doradas de los edificios antiguos, un café en un bar de barrio con sillas de plástico afuera y los mayores jugando a las cartas o leyendo el periódico. Es darse tiempo para observar, escuchar y estar realmente presente.
Tal vez aún sea pronto para sacar conclusiones. Estoy solo al comienzo de este camino y aún tengo mucho que aprender, dentro y fuera de la oficina. Pero si estos primeros meses me han enseñado algo, es que partir no significa solo moverse físicamente de un lugar a otro, sino cambiar de perspectiva. Aceptar no tener todas las respuestas y, aun así, seguir adelante.
Valencia, por ahora, es esto: un tiempo de transición, un hogar provisional, un ejercicio diario de coraje y adaptación. Un lugar donde estoy aprendiendo a estar en mis decisiones sin necesidad de justificarlas, dejando que sea la experiencia, día a día, la que traiga claridad. Y aunque el camino sigue abierto y aún no sé a dónde me llevará, sé que el mayor valor está en haber empezado, en ese primer paso que silenciosamente marcó la diferencia.
Ginevra
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